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Hoy me voy como lo hice hace treinta y tres años y como lo haré cada treinta y tres años inconscientemente. Y, sin embargo, siempre te llamaré cariño. Quizás porque tú no eres del todo culpable de esta ruptura o quizás porque sé cómo te duele que te lo llame. Sobre todo, delante de tu padre.
Tu padre. La que monta todas las navidades no tiene precio. Por lo menos he conseguido que me admitáis en las cenas, delante de él, pero sin mostrar nuestro cariño en público. Aunque él procura hacer lo posible para que cada palabra que diga parezca un gesto más de abrir la puerta y hacerme salir de su casa. Por cierto, una vez salgo , empujada por las palabras, me vienen a la mente, de forma recurrente, imágenes nuestras íntimas, a escondidas, en las habitaciones de la casa. Pero enseguida vuelvo a la realidad que no es otra que la monotonía de los últimos meses por culpa de tu padre.
La última escena fue horrible. Tú y yo en la habitación de las camas separadas. Me prometías una vida mejor. La mesilla entre las camas, una vez más, parecía un trecho insalvable. Seguro que ahí guardaba tu padre las palabras con las que expulsarme. Así que yo trataba de arrastrarla para poder juntar las camas y ganar la batalla a esas palabras.
Pero llegó tu padre. Abrió de repente, sin avisar y fue hacia esa mesilla. Igual mi estúpida metáfora tenía razón y ahí guardaba la forma de echarme definitivamente. La abrió y sacó una túnica. Te dijo que te la pusieras y fueras a hacer tu trabajo. Venían tropas del Norte.
Jesús, Jesucristo, este trabajo te está conduciendo a tu muerte en abril. Ya tienes treinta y tres años y sigues haciendo lo que te manda tu padre, quien, por cierto, ya ha previsto tu muerte como “salvador” y sabe que yo lo sé. Por eso ya no podré verte jamás. Alguien puede demostrar nuestra relación. Me iré raptada por alguno de los hombres de tu padre.
Tú leerás esta carta y te enfadarás conmigo. Pero no te preocupes, morirás y volverás a nacer el 25 de diciembre del año siguiente. Yo también naceré y a los veinte años volverás a sorprenderme con ese pelo lacio y largo y esos ojos grandes y brillantes. Por si no lo sabes, cuando me entere de que has muerto, yo me suicidaré. En ese momento dejaré de ser consciente de todo esto y se volverá a repetir la misma historia. Porque suicidarse es un pecado y tu padre me ha castigado con lo que más le divierte y a mí más me duele: vivir el mismo amor eternamente.